sábado, 10 de noviembre de 2012

Nunca seré Galeano

Nunca seré Eduardo Galeano. Nunca llegaré a ser esa escritora y periodista de renombre a la que centenares de personas esperarán en un auditorio para aplaudir. Nunca alcanzaré la claridad en mis palabras para contarle al mundo las injusticias que cada día se cometen. Nunca llegaré a sus un altavoz tan firme de las y los oprimidos; nunca llegaré a conocer un continente y podré hablar de América Latina desde cada país y cada realidad. Nunca conoceré el exilio, aunque sí la migración. Nunca seré Galeano pero al menos he podido ir a una de sus conferencias, escuchar como si de un cuento se tratara el dolor y la angustia que sufren los trabajadores y trabajadoras en este mundo globalizado.

Era el cierre, el gran cierre, el discurso final para la Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales organizada por CLACSO y la UNESCO. Eduardo Galeano, uruguayo, ciudadano del mundo causas políticas que le obligaron a exiliarse, periodista, escritor, investigador de realidades, observador de América Latina, luchador incansable, reivindicador de derechos derechos, denunciador de las injusticias. Una hora antes de que se iniciara el acto el auditorio estaba lleno, la fila para acceder llegaba hasta la recepción del hotel, al final se tuvieron que habilitar otras salas y transmitir en vivo el acto.

Galeano apareció entre aplausos y flashes de los fotógrafos, saludó, se llevó las manos a la cara abrumado por la ovación, colocó sus papeles, volvió a ponerse en pie y se sentó para iniciar un breve relato de poco más de veinte minutos sobre el trabajo, el desempleo, la angustia de las y los trabajadores en la actualidad, las luchas obreras, las injusticias empresariales, la crueldad del mercado.

Habló de que pronto "los derecho de los trabajadores serán materia de estudio para arqueólogos" si las cosas siguen igual, si los gobiernos amparan a los empresarios, transnacionales, etc., en vez de proteger esos derechos por los que tanto se ha luchado. Habló de la precariedad en el empleo, la explotación en las grandes fábricas, la angustia y la incertidumbre que viven las y los trabajadores ante el miedo de perder sus trabajos. Habló de las subcontratas, la mano de obra disciplinada y controlada a través de los sindicatos, "el dios del mercado", "la cárcel del miedo y la libertad que oprime". Habló de las políticas que nos obligan a trabajar el doble por la mitad de salario y a invertir el tiempo libre en el trabajo.

Nunca seré Galeano porque en este momento soy una trabajadora que vive con el miedo y la angustia al desempleo; que se ve forzada a pensar en tener 3 trabajos de medio tiempo en México para asegurar un año más con salario; que tiene miedo a aceptar un trabajo de 5 meses en España ante la incertidumbre de "qué pasará después". No trabajo en una fábrica, no sufro la explotación laboral de mineros, maquiladoras o albañiles. No tengo un trabajo precario que me impida llegar a fin de mes, pagar mis gastos o tener la nevera llena. Sin embargo, sí soy una trabajadora que se ha visto obligada a salir de su país para poder crecer y poner en práctica lo aprendido durante años de estudio; soy una trabajadora que se ve obligada a aceptar una bajada de sueldo y tiempo porque la crisis golpea; soy un ser humano que tomó la decisión de aprovechar una oportunidad laboral lejos de su casa y que vive con el miedo y la angustia de regresar porque las cosas no están bien, porque ver las noticias da miedo, porque no se ve una luz al final del túnel, porque lejos de que la situación mejore parece que todo va a ir a peor.

Nunca seré Eduardo Galeano, sin embargo he podido escuchar un cuento a través de su voz, le he podido ver emocionado, algo cansado, ligeramente enfermo, pero todavía con las ganas de decir lo que es injusto.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Por las que ya no están... Día de Muertos

Ofrenda en Bellas Artes
Todas las personas tenemos un ciclo inexorable desde el momento en el que damos nuestro primer aliento en el mundo. Las ciencias dirán que ese ciclo es nacer, crecer, desarrollarnos, reproducirnos y morir; pero lo cierto es que todo ese ciclo se convierte en algo importante en el momento en el que el viaje no lo hacemos solas: nacemos, recibimos el amor de nuestra madre y de nuestro padre, aprendemos a caminar, a caernos, aprendemos a besar, a querer, a abrazar. Conocemos a otras personas que también aman y sienten. Sufrimos, lloramos, nos caemos y nos volvemos a levantar. Sonreímos, nos enfadamos, gritamos, aplaudimos. Percibimos los colores, la música, el frío y el calor; nos sudan las manos, hacemos el amor, nos miramos a los ojos. Viajamos, conocemos otros sabores, nos bañamos en el mar, miramos las estrellas, nos mojamos con la lluvia y nos quemamos con el sol; probamos el alcohol y nos emborrachamos, aprendemos a leer y a escribir, nos comunicamos, nos acariciamos. Cocinamos, cuidamos una planta o dos, dejamos libros sin terminar y platos sucios. Nos emocionamos con una película, nos enfadamos con nuestra familia, nuestras amigas, con los compañeros de trabajo. Y en algún momento morimos...

Pero morir no significa olvidar, no significa desaparecer, porque nadie muere mientras se le recuerda, mientras se habla de esa persona, mientras se la tiene presente. Cuando una persona que queremos muere no deja de estar con nosotras, no deja de mirarnos desde una fotografía, permanecen sus consejos, las experiencias; permanece el amor que no nunca se marchita porque en algún momento amamos a esa persona.

Ofrenda completa
Si algo me ha regalado México es ver el Día de Muertos desde otra perspectiva. Poder recordar, poder hacer una ofrenda con la intención de que los muertos nos visiten, que por una noche vuelvan a abrazarnos, que por un día vuelvan a compartir la comida. En la ofrenda hay flores de cempasuchil (claveles chinos de color naranja) que inundan con su olor dulzón toda la sala, hay velas que alumbran el camino, están algunas de las cosas que a esa persona le gustaban, hay comida, hay agua, sal, incienso y recuerdos, hay calaveras que nos recuerdan lo que somos y lo que queda de nosotras.

A mi abuela Mari
Este año he decidido hacer mi propio altar, mi propia ofrenda dedicada a mi abuela materna, aunque en el fondo también está dedicada a mi abuela paterna y a mi abuela no biológica que fue la madre de Amparo. Se lo dedico a ellas porque su atención, sus cuidados y su cariño sé que me acompañan en cada paso, sé que estén donde estén me cuidan, me guían, me protegen para que todo vaya bien. Me dan las fuerzas que necesito en los momentos de bajón, me acompañan en los momentos de soledad, me ayudan a cruzar la calle, a seguir trabajando con pasión. Procuran que la distancia física que me separa de Madrid no sea tan dura. Me alientan, me arropan por las noches, me consuelan en los momentos de llanto. Y además de cuidar de mí, sé que cuidan de mi madre, de mi padre, de Javier y de Amparo; sé que a ellas y a ellos también les dan la fuerza que necesitan para soportar la distancia.

Junto a mis abuelas he vivido algunos de los momentos más felices de mi infancia. Junto a ellas viajé por primera vez en metro, construí castillos de arena en la playa, disfruté de la Navidad; junto a ellas, caminando de la mano, arreglando el mundo, compartiendo la vida, aprendí a crecer. Las echo de menos y me gustaría que pudieran verme a ahora, me gustaría poder verlas una vez más y saber que se sienten orgullosas de la persona que soy ahora, de las cosas que hago, de cómo me comporto, de cómo quiero, de las decisiones que tomo, del trabajo que hago.

En este Día de Muertos de 2012 donde tan lejos estoy de mi hogar hay niñ@s disfrazad@s que corren por mi escalera pidiendo dulces, hay catrinas que pasean por las calles, hay ofrendas en las iglesias y en los lugares públicos. En este Día de Muertos os quiero recordar sabiendo que no sólo os recuerdo hoy sino casi todos los días.

martes, 30 de octubre de 2012

Volver a Tehuacán


Nunca terminaré de saber si Tehuacán (Puebla) es una ciudad bonita o fea, grande o pequeña. Dicen que se pueden visitar unas antiguas minas, unos resto arqueológicos y tomar cervezas artesanales. Yo sólo conozco el centro, la plaza principal con su kiosco, sus soportales con pequeños cafés y las tiendas de zapatos. Conozco uno de los barrios populares, con casa bajas, con el tendido eléctrico recorriendo las calles y los niños corriendo detrás de la pelota. Sé que hay un gran número de fábricas textiles (maquiladoras) donde se hacen pantalones de mezclilla (vaqueros) y donde una gran parte de los mujeres y hombres de la ciudad son explotados laboralmente. Sé que estás fábricas las controlan diferentes familias de descendientes de judíos y libaneses que aprovecharon para instalarse y enriquecerse. 

Lo que sí conozco es la carretera que llega a Tehuacán desde la Ciudad de México: una carretera que transcurre paralela a los volcanes, llena de sembradíos de cempasúchil (o clave chino, o flor de muertos) naranja, rosa y blanco donde mujeres y hombres trabajan recogiéndolos y cargándolos en camiones que se cruzan en la dirección opuesta rumbo al negocio del Día de Muertos. Esta vez estaba nublado y de regreso no dejó de llover, sin embargo la silueta del Popo y el Ixta hacen que no puedas dejar de asombrarte por la inmensidad de la naturaleza. El Popocatepetle es además más amenazador porque siempre tiene un hilo de humo saliendo por la boca; amenaza con perder la razón y cualquier día soltar algo más que cenizas.

Lo que sí conozco de Tehuacán es al Colectivo de Mujeres Insumisas que hartas de la explotación del patrón decidieron montar su propia empresa y hacer bolsas con pantalones de mezclilla usados. También conozco a las antiguas trabajadoras de la Exportadora de Pantalones, que hartas de la explotación del patrón le denunciaron y después de un año y tres meses de juicios, entrevistas, amenazas y extorsiones han conseguido que les den la maquinaria de la fábrica... lo que venga después sólo ellas lo saben.


Acompañar a Mauricio y a Manuel a dar un Taller sobre Derecho a la Información y el Derecho de Acceso a la Información ha sido la excusa perfecta para volver a encontrarme con ellas después de casi un año de haberlas conocido. Volver a verlas a supuesto encontrar de nuevo su cariño, sus abrazos, su reconocimiento y su petición de que antes de que termine el año tengo que regresar a verlas. El Taller fue un éxito y el tema les encantó, a mí como periodista me gustó escucharlas y reflexionar con ellas.

Volver a Tehuacán supuso una inyección de ánimo y una subida de ego, no sólo por los comentarios de las mujeres sino también por los de mis compañeros de taller que me agradecieron mi participación y alabaron mi capacidad... y eso cuando mi experiencia se basa sólo en un año. Otra vez me paro a pensar en todas las cosas buenas, en todas las experiencias vividas y en todos los aprendizajes que he tenido en este año además del desarrollo profesional y personal que México me ha dado; pienso en todas las oportunidades y confianzas que se me han ido brindando al cabo de los meses hasta llegar al punto de que mis más directos compañeros y compañeras me consideran una buena profesional. Creo que ya no es sólo cuestión de experiencia sino de pasión, de amor por lo que hago, de entusiasmo, de conectar con la gente, de escuchar y ser escuchada, de no tener miedo a aprender, a fracasar, a volver a intentarlo.

Ante la perspectiva de dejar México se me abren nuevas opciones laborales: seguir en Chihuahua con Adeco, dar un Taller de Liderazgo a las mujeres de Tehuacán con EPADEC, ser la responsable de comunicación de HIC-AL, mantener el trabajo con el FIDC aunque sea medio tiempo... o regresar a casa, a Barcelona, a hacer algo diferentes, algo que me desliga del trabajo social y comunitario, a retomar el periodismo. Volver a Tehuacán a supuesto volver a tener en la cabeza todas las opciones que se abren, es pensar en decidir, es hacer una maleta temporal o definitiva, es decidir qué pasará después... pero mientras ese momento llega sigo aprovechando los momentos y las oportunidades que aquí se me dan.

lunes, 22 de octubre de 2012

Billetes de ida y vuelta

Si algo he hecho mal en el último mes es cuidar el planeta...mi huella ecológica se ha disparado con tanto viaje de ida y vuelta a Madrid. Ahora me tocará compensarlo a través del reciclaje, el consumo responsable y alguna cosa más.

Más allá del daño que haya podido hacerle al planeta, estoy feliz. He podido volver a casa, volver a estar con mi familia, con la gente que me quiere, disfrutar de la ciudad, de las cervezas, de la música, de la buena compañía, de las animadas charlas donde las conversaciones y las risas se entrecruzan.

Sin embargo, este viaje también tiene otras connotaciones que afectan a qué pasará en unas pocas semanas. Quizás sea el momento de cerrar este blog porque México ya no formará parte de mi vida o quizás seguirá abierto porque la posibilidad de tener un trabajo en España desaparezca. 

Viajar a Madrid me deja una sensación rara. La incertidumbre laboral y la situación por la que atraviesa hace que el hablar con la gente me genere inquietud. La sensación que atraviesa el ambiente recorre desde la indignación hasta el hastío por no ver el final del camino. Es mucha la gente que espera una oportunidad, son muchos los requisitos que se piden para tener un trabajo. Ya no hay diferencias entre las personas con o sin titulación, da igual tener muchos años de experiencia que esperar la oportunidad para que te la den... todo el mundo piensa que así son las cosas. Lo más peligroso es que no se ve salida a la situación y son muchos los que opinan que va a ir a peor. Las cifras de los presupuestos lo avalan: en el caso de la cooperación la AECID va a manejar para 2013 el mismo presupuesto que en 1987. Y esto por poner un ejemplo de lo que a mí me toca más de cerca, pero no es el único caso. Pensar que la vida pasa por los presupuestos de hace más de 20 años pero que los precios corresponden al siglo XXI es una aberración.

Ante esta situación se pueden dar circunstancias en las carnes propias como que te anuncien un recorte salarial y de horas del 50% (situación que he tenido que pelear con el apoyo de mis queridas Redes y que al final ha quedado resuelto). Esto plantea la incertidumbre de cara al 2013: ¿regresar o no a México? Y ante este dilema entran en juego las cuestiones laboral y de desarrollo personal por un lado y las cuestiones personales de volver a casa por otro. Dejar atrás un proyecto por el que siento pasión, dejar atrás otros proyectos que han surgido en el camino, o apostar por seguir jugando en la misma liga a pesar de los recortes. Del otro lado está volver a casa, tener el apoyo familiar para seguir adelante, buscar una opción laboral menos satisfactoria pero más cerca de casa. Cualquiera de las decisiones implica riesgos y esos riesgos se tienen que resolver en el plazo de los dos próximos meses en los que habrá que tomar una decisión, que se mire por donde se mire, implica perder y ganar algo.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Historias en la Tarahumara (III): De matanzas y registros

Amanecer en Norogachi
Por la mañana Norogachi despierta cubierto por la bruma. El sol calienta los prados verdes y hace que el vapor emerja del suelo silencioso. No se ve el cerro, ni el valle y casi no se percibe el bosque que rodea la casa. Sólo el sonido del agua circulando por el río, el despertar de algunos pájaros, el maullido de los gatos y el gruñido de un cerdo que va a ser sacrificado interrumpen el silencioso ascender del agua.

Un hierro atraviesa el corazón del puerco y pone fin a su desesperación. Comienza el baño y el afeitado del animal, el sangrado y el despiece. Anareli y Elvira sujetan las patas, Lalo maneja el cuchillo con destreza y abre al cerdo en canal. Despacio mete sus manos en el animal para terminar de estirar los músculos y con un vaso empieza a vaciar la sangre en un barreño. Miro atónita el espectáculo de cuchillo y sangre sin atreverme a ayudar, a pedir permiso para participar del ritual. Prefiero darme la vuelta y ver como ocurre todo desde la ventana del cuarto donde muelo el maíz azul. La masa recorre el metate para después hacer una bola que terminará por ser una tortilla entre las manos de Juanita. De ahí al comal que se calienta sobre unas hoguera hecha en el suelo del patio. Dicen en la Sierra que la mujer que sabe hacer tortillas ya se puede casar. Creo que a mí todavía me faltan unas cuántas lecciones en la vida.

Matanza
Tras la matanza, las tortillas y el almuerzo a base de puerco asistiré a una reunión comunitaria. El salón está repleto de hombres y mujeres vestidos con trajes tradicionales, al estilo ranchero o combinando ambas. Muchos han caminado durante horas para llegar a Norogachi; el motivo: concienciar a las personas para que registren a sus hijos y se registren ellos mismos, que cada uno tenga un acta de nacimiento para poder tener "personalidad jurídica". En la mesa alargada que preside el salón están las autoridades de gobierno e instituciones. El resto del salón amueblado con bancas de madera, allí es donde se sienta el pueblo rarámuri. No sé bien quién mira a quién. El problema no es sólo que la gente no registre a sus hijos sino que a lo largo de su vida pueden utilizar diferentes nombres, ir construyendo una identidad propia con un nombre que les identifique; otros no tienen apellido y algunos utilizan como fecha de nacimiento "las primeras lluvias de abril" o "la recogida de la cosecha en casa de Juan". ¿De qué año? Quién sabe. Es el vivo ejemplo de que una persona puede ser quien desee en cualquier momento de su vida. Es el vivo ejemplo de que estas personas carecieron de valor para el Estado durante muchos años: si no estaban en los registros no existían y si no existían no era necesario atender sus necesidades de sanidad, derecho al voto, derecho a unas infraestructuras, derecho a la educación. Invisibilizados, olvidados y felizmente aislados en la Sierra Tarahumara... hasta ahora.

Los pies del camino
Los hombres traen guaraches hechos con llantas y correas de cuero. Recorren largas distancias por caminos de tierra cargados de polvo, carreteras por las que nunca pasan coches y en marañados bosques de encimas y pinos. Sus pies son anchos, agrietados, curtidos por el roce de la tierra, callosos por el peso del camino. Las mujeres con sus vestidos floreados cargan niños a la espalda atados con un reboso; después de la reunión también cargarán con las bolsas de alimentos y le darán la mano al niño que ya puede caminar solo para regresar a su comunidad.

Mujeres rarámuri
Los niños me miran y sonríen. Juanita me ha hecho responsable de una bolsa llena de chocolates. Me miran, miran a sus madres, señalan la bolsa con los dulces y me dicen algo en rarámuri que no entiendo. Yo sólo sonrío y en un gesto de juego y complicidad les doy una a cada uno; pronto tendrán las manos cubiertas de chocolate y los dientes marrones. Creo que ahora sonríen más que antes.

Caminamos por la carretera en busca de Chelina. Antes entramos en la iglesia: una nave desnuda con altos ventanales y un Cristo crucificado al fondo. Bajo sus pies una virgen del Pilar diminuta, sin manto sólo cargando con su niño en brazos. La madera del suelo cruje bajo los pies, los bancos parecen cubiertos de polvo o más bien están ajados por el paso del tiempo. A la entrada de la iglesia y antes de que comiencen las filas de asientos queda un espacio vacío; creo que es para que las mujeres se sienten con sus hijos como hicieron en la reunión de la mañana.

Chelina camina deprisa, con determinación y de manera ágil por el camino de piedras, mientras yo procuro no meter mis pies en los charcos o no resbalarme en el siguiente paso. Conoce los atajos para llegar a la carretera y no se detiene jamás para mirar atrás. Lleva tres años como gobernadora de Norogachi, dice que no es común que una mujer ocupe un puesto de tanta responsabilidad pero que la eligieron los hombres por su trabajo en el hospital, por sus conocimientos, por su manera de hablar y explicarse, por no agachar la mirada.

Vuelve a llover en la Sierra. El cielo se ilumina con cada relámpago, caen gotas grandes que repiquetean en las piedras y en el techo de lámina. Todavía no son las nueve de la noche pero ya ha oscurecido, ha sido un largo día, es hora de despedirse, dar las buenas noches e irse a dormir.

Rarámuri con traje tradicional

Historias en la Tarahumara (II): Encuentros en Norogachi

Norogachi: en casa de Juanita
Por la noche en Norogachi se escuchan los grillos y el río que corre por el cerro. Se escucha la guitarra de Anareli y a Elvira que canta bajito para no despertar a la noche. Las mujeres que trabajan en la construcción de las trincheras para la retención de suelo de Las Turbinas lo hacen con el traje tradicional. Caminan por el cerro recogiendo las piedras que servirán de contención, caminan con su guaraches (sandalias de cuero que se atan en sus tobillos. En algunas ocasiones las suelas son de neumático reciclado) y sus faldas de vuelo llenas de colores. Cargan las piedras mientras sus trajes de flores se enredan en las ramas caídas y contrastan con los colores ocres del bosque.

Luli admirando la presa de El Táscate
Ha vuelto a llover en la noche, de nuevo el pasto brilla con el rocío que permanece pegado en las hojas y que busca el lugar por donde escapar hacia el suelo o evaporarse hacia el cielo... volverá a llover. Hemos comido dos veces: una con Chiro que nos llevó a casa de una prima, la segunda con Juanita en su casa que nos esperaba casi con la mesa puesta... no se puede decir que no cuando a una le abren las puertas de una casa y le invitan a compartir un plato de comida. Todavía no me acostumbro a visitar las letrinas en la mañana (en realidad, en ningún momento del día) y a pasar tres días sin ducharme. Hoy por fin lo hice; por fin pude ducharme calentando una olla de agua durante casi una hora en la estufa de hierro cargada de madera. No sé que tiene el fuego, ni la lluvia en el cristal que me hipnotizan, me alejan del mundo, dejan mi mente en blanco y me transportan a ningún lugar. Como si de una escena a cámara lenta dentro de una película se tratase noto como el agua recorre mi cuerpo, escurre por mi pelo y baja por mi espalda hasta perderse en las piernas. Se ha hecho de noche y el baño no tiene luz, así que me alumbro con la linterna de un móvil y los relámpagos que de vez en cuando se cuelan por la ventana para verme desnuda.

Rodrigo moliendo el maíz
He hecho tortillas de maíz a mano en El Táscate bajo la divertida mirada de Luli y las risas de Chiro al ver mi incapacidad, al ver cómo para cada tortilla invierto el mismo tiempo que invierte Luli en hacer más de dos. Chiro se ríe sobretodo cuando Rodrigo decide que también quiere probar: "Los hombres no hacen tortillas". Así es, en la Sierra Tarahumara los hombres no hacen tortillas; como las mujeres no acarrean leña, no cuidan de la milpa, no traen dinero de fuera y no vigilan los huertos salvo que ellos se tengan que marchar de la casa. En ese caso, ellas harán todo eso y más: cuidarán de los hijos, prepararán la comida, tendrán la casa limpia, mantendrán el fuego vivo, coserán sus trajes y esperarán a que ellos regresen.

De pronto, soy consciente de la dependencia (casi enfermiza) que tengo de la tecnología. Tan sólo llevo tres días sin estar delante del ordenador, viajando durante horas por internet y hoy al ver la posibilidad de conectarme en el café internet del profesor Rodolfo en Norogachi al que fuimos a entrevistar me he puesto nerviosa. Quizás mañana vencer a la tentación sea demasiado fuerte, hoy sin embargo salimos como si nada importase, como si el mundo más allá del horizonte no significase nada.

Al regresar por el camino de tierra y piedras veo a Juanita y a Lalo sentados en la barda de piedra de entrada a la casa. Ella está vestida de azul y rosa con su traje tradicional, con el pelo recogido en un moño a mitad de la cabeza; él vestido de ranchero con sus botas camperas y su sombrero blanco, la camisa de cuadros por dentro del vaquero que queda sujeto con un cinturón de cuero y cerrado con una hebilla metálica. Los dos desgranan el maíz mientras se miran a los ojos y hablan en voz baja. Mañana volveremos a tener tortillas recién hechas para desayunar.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Historias en la Tarahumara: Despertar en Molinares y El Táscate


Molinares
Por la noche en Molinares se escuchan las ranas y los grillos. En El Táscate, que además de un lugar es el nombre de un árbol, no hay ranas pero sí grillos. En Molinares a pesar de las gallinas no hay gallo que las fecunde; pero en El Táscate los gallos son los que a las seis de la mañana anuncian que ya es de día.

Las estufas de hierro cargadas de madera más o menos seca calientan el agua para el café de la mañana y queman la plática en familia de la noche, dan calor e invitan a irse a la cama con colchón de lana que se hunde y se balancea con cada movimiento de sueños inquietos. Por la mañana, todo está verde y ha nacido el pasto que cubre el suelo cubierto de rocío y que alimenta a caballos y vacas en los recintos cercados.

Estufas que me llevan de vuelta
a casa de mi abuela. Recuerdos
imborrables de mi infancia
A través de los bosques de encinas se filtran los primeros rayos de sol que levanta el vapor del suelo convirtiéndolo en una neblina que se pega a la cara y que sólo deja intuir la amplitud del valle y las siluetas de las casas y la carretera de tierra que corta las lomas. En Molinares el sol se refleja en los troncos cortados que esperan ser recogidos y llevados al aserradero. En EL Táscate el sol se refleja en la hojas verdes de la milpa y en la cubierta del invernadero. El agua ya está caliente; el café es soluble pero los huevos son frescos, con la yema muy amarilla y la clara muy sabrosa.

Lilia y Pepe nos hablan de sus hijos, de las elecciones, de cómo está la escuela, de su relación con el nuevo maestro y de algunos de sus vecinos. No sabemos de qué hablan Chiro y Luli porque lo hacen en rarámuri pero deben ser muchas cosas divertidas porque a cada rato ríen y pocas veces nos miran; no importa que haya invitados en casa.

Por la mañana en Molinares se hacen tortillas de harina (harina de trigo mezclada con una cucharadita de levadura y un poco de sal). Por primera vez en mi vida he metido las manos en la masa y he amasado tortillas. Las tres primeras parecían masa para pizza, guarache y hot cake; la cuarta salió por fin redonda (bueno, más o menos redonda). Don Pepe se ríe y me da indicaciones desde la cabecera de la mesa: fuerte, dale vuelta, otra vez, ya te va saliendo. Ha dado la vuelta a la silla y se sienta a horcajadas, con un mano apoyada en el respaldo mientras que con la otra sujeta la taza del café y sonríe.

El Táscate
Por la mañana en El Táscate tengo que ir al baño pero no está dentro de la casa, salgo al frío de la mañana y  miro a mi alrededor: no sé dónde está, así que me arriesgo a salir detrás de un arbusto cercano con la esperanza de que nadie más salga con la misma urgencia y sienta que ese también es un buen lugar. Más tarde me enteraré que era en la otra dirección, que la pequeña caseta a unos cuantos metros es la letrina. La primera vez que la visito me viene a la memoria la película Slumdog Millonaire... tengo miedo de caerme dentro. Lo único "bueno" de no saber dónde estaba la letrina, es que al final no he ido sola detrás del arbusto; al menos ocho pollos ya medio crecidos me han acompañado y después, más rápidos que yo se han metido en la casa. "¡Mierda! y ahora ¿qué hago?" -pienso. Chiro y su esposa siguen acostados en la planta de arriba pero no creo que quieran bajar y ver como su cocina está llena de pollos que corretean de un lado a otro picado el suelo en busca de comida. "¿Dónde está la escoba?" - digo en voz baja mientras miro a mi alrededor. "Ya la tengo, todos fuera!!" Y después de cerrar la puerta, respiro más tranquila y me siento en una silla para ponerme las botas de montaña a la espera de que mi corazón recupere el latido normal. Va a ser el segundo día que pase sin ducharme pero que coma huevos con frijoles para desayunar.

Regresé al Molinares después de visitar los cultivos de besa de El Consuelo y las trincheras para el arroyo montada en la caja de la tronca, esquivando las ramas de los árboles, saltando en cada desnivel e intentando agarrarme de algún lado mientras saco fotos del camino. Caminamos por un bosque de olmos, lleno de ramas, árboles tumbados y hojas que crujen bajo mis pies. 

Árboles corazón. Homenaje a
Juego de Tronos que tanto me
acompaña en este viaje por México
De camino a Norogachi subimos y bajamos la Barranca tan deprisa que casi no se veía el increíble paisaje de toda la sierra encadenada y bañada por el río. Los caminos de tierra terminará por destrozar mi espalda pero me permiten escuchar el bosque, ver los árboles corazón (madroños que de manera espontánea pierden la corteza y dejan al desnudo su alma roja y blanca) que sobresalen frente al resto por su color y no por su altura.

Hace unos meses llegaron a Molinares cuatro camionetas del ejército y asustaron a la gente con sus armas. A Norogachi llegó el Cártel de Juárez y el de Sinaloa y se enfrentaron en la carretera; los militares que llegaron encontraron fuego cruzado. Mataron a un soldado, de los otros nada se sabe. En ambos lugares han encontrado fosas con gente: seis, ocho, once personas con familia. En los dos lugares la gente sabe lo que pasa pero pocos hablan, miran al suelo, giran la cabeza y bajan la voz. Mientras unos talan madera otros siembran marihuana y todos guardan silencio. Dicen que el Chapo está en Sinaloa o puede que en Guachochi, dicen que ha ido de visita y que la propia policía lo escolta por las calles. Dicen que el Mirador que está en la Barranca de la Sinforosa lo construyó él para poder ver la sierra. Dicen que en Molinares levantaron al nieto de Don Enrique por juntarse con la gente mala y nadie sabe dónde está; al otro lo tienen en Veracruz y ya no saldrá de la cárcel en lo que le queda de vida.

BIENVENIDOS A MI VIAJE POR LA SIERRA TARAHUMARA

Camino de Norogachi: en la Barranca